Apatzingán se alista para vivir tres días marcados por la devoción y la identidad cultural con la celebración en honor a la Virgen de Acahuato, una de las advocaciones marianas más arraigadas en la región y símbolo de una tradición que se remonta a varios siglos atrás.
Del 31 al 2, la comunidad abrirá sus puertas a fieles y visitantes que cada año se congregan para participar en los rituales religiosos y en las actividades que acompañan esta festividad, también conocida como la de la Virgen de la Candelaria. Más allá del fervor, la celebración se ha convertido en un punto de encuentro donde la memoria histórica y las expresiones culturales cobran protagonismo.
La devoción tiene raíces profundas: su origen se sitúa en el siglo XVI, cuando comenzó a fortalecerse el culto impulsado por el fraile Diego Muñoz. La imagen venerada, sin embargo, es aún más antigua, con una antigüedad estimada entre los siglos XIV y XV. La tradición oral sostiene que su aparición ocurrió en un árbol llamado guanita, un lugar que con el tiempo se transformó en referente espiritual para la población.
En años recientes, las fiestas han ampliado su alcance con un programa cultural que corre de manera paralela a los actos litúrgicos. Presentaciones artísticas y actividades comunitarias buscan reforzar el sentido de pertenencia y mantener viva una herencia que ha pasado de generación en generación.
Para los habitantes de Apatzingán, estas celebraciones representan mucho más que un evento religioso: son una reafirmación de su historia, su fe y su identidad colectiva, que cada año vuelve a expresarse en torno a la Virgen de Acahuato.