Cuatro muertes en Sonora ponen bajo alerta el auge de los sueros intravenosos de “bienestar”
evangelio | 4 abril, 2026

La muerte de cuatro personas en Hermosillo tras la aplicación de sueros vitaminados ya no está siendo leída solo como una posible mala práctica en un consultorio particular. El caso abrió una alerta más amplia sobre la normalización de terapias intravenosas vendidas como refuerzo de energía, recuperación física o mejoría general, pese a que se trata de un procedimiento invasivo que introduce sustancias directo al torrente sanguíneo y que, fuera de indicaciones clínicas precisas, puede exponer al paciente a daños graves. La Fiscalía de Sonora mantiene asegurada la clínica, trabaja con autoridades sanitarias y envió insumos y muestras a análisis especializados para determinar si hubo negligencia, contaminación o alteración en las sustancias aplicadas.

En ese foco posterior se colocó el infectólogo Alejandro Macías, una voz con peso en salud pública en México por su trayectoria en infectología, su trabajo en control de infecciones y por haber sido comisionado especial para la influenza A H1N1 en 2009. Macías advirtió que banalizar la terapia intravenosa puede ser fatal y subrayó que no debe usarse como una práctica de moda ni como atajo para “sentirse mejor”, sino en escenarios médicos donde realmente se busca preservar la vida o tratar una condición específica. 

Lo que vuelve especialmente delicado el caso de Sonora es que las víctimas acudieron, según los reportes, por razones asociadas al bienestar general o al cansancio, no por una urgencia hospitalaria. Los fallecimientos corresponden a dos hombres y dos mujeres atendidos por el mismo médico en Hermosillo, y los testimonios de familiares apuntan a que, tras la aplicación, algunos pacientes desarrollaron complicaciones severas en cuestión de horas. La investigación ministerial y sanitaria busca establecer si el problema estuvo en la indicación misma del procedimiento, en la preparación del suero o en una posible contaminación. 

La advertencia de fondo no descansa solo en opiniones mediáticas. La literatura médica y las guías clínicas sobre terapia intravenosa insisten en que cualquier acceso venoso implica riesgos de infección local o sistémica, flebitis, trombosis, extravasación, errores de preparación y complicaciones asociadas a infusiones contaminadas. Incluso documentos clínicos de referencia señalan que la terapia intravenosa arrastra una larga lista de posibles complicaciones y que su uso inadecuado incrementa morbilidad, días de hospitalización y costos sanitarios. 

A eso se suma otro punto que ha empujado el debate en los últimos años: la evidencia a favor de los llamados vitamin drips para personas sanas sigue siendo débil. Fuentes clínicas y revisiones recientes coinciden en que no hay respaldo robusto para prometer beneficios generales como más energía, mejor inmunidad o “desintoxicación” en individuos sin una necesidad médica clara. En contraste, sí existen riesgos concretos cuando se administra una mezcla intravenosa sin criterios estrictos, sin trazabilidad de los componentes o sin vigilancia clínica adecuada. 

Eso es lo que vuelve relevante la alerta posterior al caso de Sonora. No se trata únicamente de lo que pudo haber ocurrido en una clínica de Hermosillo, sino del mercado creciente de infusiones que se ofrecen como solución rápida para agotamiento, resaca, estrés o “fortalecimiento” del cuerpo. El caso exhibe la distancia entre la promoción comercial de estos procedimientos y el estándar médico que exige indicación precisa, control sanitario, preparación segura y supervisión profesional real. La duda ya no es solo quién mezcló o aplicó el suero, sino por qué un procedimiento de riesgo empezó a venderse como si fuera una rutina inofensiva. 

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