Dormir menos de seis horas: cuando el cerebro trabaja como si estuviera ebrio
evangelio | 24 diciembre, 2025

Dormir poco no solo produce cansancio. Puede alterar el funcionamiento del cerebro hasta un punto comparable con el consumo de alcohol.

 

La relación entre la privación de sueño y el deterioro cognitivo ha sido documentada por décadas, pero en los últimos años la evidencia se ha vuelto más precisa y contundente. Estudios en neurociencia muestran que permanecer despierto durante periodos prolongados afecta la atención, la memoria, la toma de decisiones y el tiempo de reacción de una forma medible y predecible.

 

Uno de los trabajos más citados en este campo, publicado en Seminars in Neurology, demostró que después de 17 a 19 horas consecutivas sin dormir, el desempeño cognitivo de una persona es equivalente al de alguien con 0.5 gramos de alcohol por litro de sangre, un nivel comparable al consumo de un par de copas de vino. Cuando la vigilia se extiende hasta 24 horas, el deterioro puede asemejarse a un nivel alcohólico cercano a 1.0 g/L, por encima del límite legal para conducir en muchos países.

 

La comparación no es metafórica. Las pruebas neuropsicológicas muestran patrones similares de error: dificultad para mantener la atención sostenida, respuestas más lentas, menor capacidad de autocontrol y una falsa sensación de competencia. El cerebro cansado no solo funciona peor, sino que pierde conciencia de su propio deterioro, un rasgo especialmente peligroso en tareas que requieren juicio fino, como conducir, operar maquinaria o tomar decisiones críticas.

 

El mecanismo detrás de este fenómeno es complejo. Durante el sueño, el cerebro regula neurotransmisores, consolida la memoria y elimina desechos metabólicos acumulados durante la vigilia. Cuando ese proceso se interrumpe de forma crónica, regiones clave como la corteza prefrontal, encargada del razonamiento, la planificación y el control de impulsos, reducen su actividad. El resultado es lo que muchos describen como “neblina mental”: pensamientos menos claros, lapsos de atención más cortos y mayor propensión a errores simples.

 

La evidencia también muestra que dormir menos de seis horas por noche de manera habitual no genera un colapso inmediato, sino un deterioro acumulativo. La persona se adapta subjetivamente al cansancio, pero el déficit cognitivo permanece. En otras palabras, el cuerpo se acostumbra a dormir poco, pero el cerebro no se recupera.

 

Datos recopilados por el Centers for Disease Control and Prevention indican que más de un tercio de los adultos duerme menos de las siete horas recomendadas. Este patrón se asocia no solo con bajo rendimiento cognitivo, sino también con mayor riesgo de accidentes laborales y viales, errores médicos, problemas cardiovasculares y trastornos del estado de ánimo.

 

A diferencia del alcohol, la privación de sueño suele normalizarse culturalmente. Jornadas extendidas, productividad constante y glorificación del “dormir poco” forman parte del discurso cotidiano. Sin embargo, desde el punto de vista neurológico, operar con sueño insuficiente implica trabajar con un cerebro funcionalmente comprometido, aunque no haya consumo de sustancias.

 

La diferencia crucial es que el alcohol es socialmente reconocido como un factor de riesgo, mientras que la falta de sueño suele interpretarse como una molestia menor. La ciencia sugiere lo contrario: dormir poco no es solo sentirse cansado, es pensar, reaccionar y decidir desde un estado alterado.

 

En un contexto donde cada vez más actividades exigen atención sostenida y toma de decisiones rápidas, la privación de sueño deja de ser un problema individual y se convierte en un riesgo colectivo. No porque la gente esté exhausta, sino porque está funcionando, literalmente, como si estuviera intoxicada.

 

Dormir no es una pausa improductiva. Es un requisito neurológico. Y cuando se incumple de forma sistemática, el cerebro cobra la factura, incluso cuando creemos estar rindiendo con normalidad.

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