Durante décadas, el 8 de marzo tuvo en México una presencia limitada. Las primeras marchas feministas organizadas en torno a la fecha surgieron en la década de 1970, cuando colectivos de mujeres comenzaron a protestar por desigualdad laboral, derechos reproductivos y participación política. Aquellas movilizaciones, organizadas principalmente por grupos universitarios y organizaciones civiles, reunían apenas a cientos de participantes y tenían escasa cobertura pública.
El escenario empezó a cambiar con el paso de los años, especialmente a partir de la visibilidad de la violencia contra las mujeres en el país. Los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez durante los años noventa colocaron el término feminicidio en el debate nacional y comenzaron a articular nuevas redes de activismo que con el tiempo se expandieron a otras ciudades.
Sin embargo, el crecimiento masivo de las marchas del 8M en México es un fenómeno relativamente reciente.
Uno de los primeros momentos de gran visibilidad ocurrió en 2019, cuando la movilización en Ciudad de México reunió a decenas de miles de mujeres. La protesta reflejaba un clima de indignación acumulada por casos de violencia de género, desapariciones y feminicidios que habían provocado un debate nacional.
El punto de quiebre llegó al año siguiente. El 8 de marzo de 2020, antes del inicio de la pandemia, la marcha en la capital mexicana reunió a cerca de 80 mil personas, convirtiéndose en una de las movilizaciones feministas más grandes registradas hasta ese momento en el país.
Un día después se realizó el paro nacional “Un día sin nosotras”, una convocatoria que invitó a las mujeres a ausentarse de trabajos, escuelas y espacios públicos para evidenciar su peso social y económico. La protesta tuvo una participación estimada de millones de mujeres en todo el país, lo que convirtió aquella jornada en uno de los actos de protesta social más amplios de los últimos años.
Desde entonces, las marchas del 8M se han mantenido como movilizaciones masivas. En la Ciudad de México, las cifras muestran un crecimiento constante: alrededor de 75 mil participantes en 2022, 90 mil en 2023, más de 180 mil en 2024 y más de 200 mil mujeres en 2025, consolidando la marcha como una de las protestas más grandes del país.
El crecimiento de estas movilizaciones ha estado estrechamente ligado a la organización en redes sociales. Plataformas como Twitter, Instagram y TikTok han permitido coordinar convocatorias, difundir rutas de marcha, compartir consignas y amplificar denuncias sobre violencia o desigualdad. Esa infraestructura digital facilitó que el movimiento pasara de círculos activistas a convocatorias de alcance nacional.
Las marchas también se replicaron en prácticamente todos los estados del país. Ciudades como Guadalajara, Monterrey, Puebla, León, Oaxaca, Veracruz o Querétaro registran cada año concentraciones que reúnen desde miles hasta decenas de miles de participantes.
En Michoacán, las movilizaciones del 8M también han ganado presencia en la última década. En Morelia, colectivos feministas han realizado marchas anuales que recorren el centro histórico y concluyen en espacios simbólicos de la ciudad. En 2021, durante la jornada del 8 de marzo, activistas instalaron una Antimonumenta frente a la Fuente de las Tarascas para exigir justicia por víctimas de violencia de género, una acción que se ha convertido en uno de los símbolos locales del movimiento.
El crecimiento de las marchas también ha traído controversias. En distintas ciudades se han registrado pintas en monumentos, vidrios rotos o daños a edificios públicos, acciones que algunos colectivos defienden como formas de protesta frente a la violencia estructural, mientras que otros sectores de la sociedad las critican por los daños materiales. En varias ocasiones, autoridades han desplegado operativos policiales y colocado vallas metálicas para proteger edificios históricos o sedes de gobierno.
Ese contraste se ha convertido en parte del debate público cada año: por un lado, las demandas que se expresan en las marchas; por otro, las discusiones sobre las formas que adoptan algunas protestas.
Entre los reclamos más frecuentes que aparecen en las movilizaciones destacan el combate a la violencia de género, la investigación de feminicidios, la seguridad para mujeres en espacios públicos, la igualdad salarial, los derechos reproductivos y el reconocimiento del trabajo doméstico y de cuidados.
Lo que comenzó hace décadas como pequeñas marchas organizadas por colectivos feministas terminó transformándose en una de las jornadas de movilización social más visibles del país. Cada 8 de marzo, avenidas completas se llenan de manifestantes, consignas y demandas que reflejan un debate que sigue abierto en la sociedad mexicana.