La máxima casa de estudios de México enfrenta un complejo relevo generacional debido a factores estructurales que impiden el retiro de sus docentes. Según datos de la Dirección General de Asuntos del Personal Académico (DGAPA), aproximadamente el 16.8% de la plantilla docente —más de 6,500 profesores de un total de 40,000— supera los 65 años de edad y cuenta con la antigüedad necesaria para jubilarse; sin embargo, optan por permanecer en activo para evitar una caída drástica en su calidad de vida.
El núcleo del problema reside en que gran parte de los ingresos de un académico de la UNAM no proviene del salario base, sino de un complejo sistema de estímulos a la productividad y bonos que se pierden al momento del retiro. Para muchos investigadores y docentes, jubilarse significa renunciar a más del 50% de sus ingresos mensuales, ya que las pensiones están topadas por la ley del ISSSTE, lo que convierte la jubilación en un riesgo financiero personal difícil de asumir tras décadas de servicio.
Esta situación se concentra principalmente en facultades críticas como Medicina, Derecho e Ingeniería, así como en los institutos de investigación, donde se agrupan más de 4,400 de estos catedráticos. Aunque la experiencia y la libertad de cátedra de los profesores eméritos y de carrera son pilares de la institución, diversas voces universitarias advierten sobre la necesidad de abrir espacios a las nuevas generaciones. La falta de rotación dificulta la incorporación de docentes jóvenes que dominen las nuevas herramientas tecnológicas y métodos pedagógicos demandados por la educación superior en 2026.