En la Europa medieval, las creencias supersticiosas impregnaban la vida cotidiana, generando un ambiente de miedo que alimentaba la figura del doppelgänger.
Se trata de un concepto que hace referencia a una copia exacta de una persona, y comenzó a asociarse con acusaciones de brujería, donde se creía que las brujas, en pacto con el diablo, podían enviar a sus dobles para cometer actos malvados.
Dichas creencias fomentaron un clima de paranoia que culminó en numerosas condenas injustas, marcando una época de terror y desprecio hacia lo desconocido.
El doppelgänger, un término de origen alemán que significa “doble andante”, simboliza la cara oscura del ser humano, presente en mitologías germánicas.
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En distintas culturas, se ha manifestado de diversas formas, desde un reflejo autónomo hasta un gemelo maligno, y su aparición es tradicionalmente vista como un presagio de mala fortuna, incluso muerte.
También se entrelaza con la vida de escritores, como Percy Bysshe Shelley, cuya obra ha quedado a la sombra de su esposa Mary.
Percy murió trágicamente antes de cumplir treinta años, poco después de confesarle a Mary haber visto a su doppelgänger en Italia, un relato que también fue corroborado por su amiga Jane.
La reina Isabel I de Inglaterra vivió una experiencia similar, al avistar a una mujer idéntica a ella, lo que la llevó a refrenar su sueño hasta su muerte.
Además, la figura del doppelgänger ha adquirido nuevas dimensiones con el auge del psicoanálisis, especialmente con las teorías de Freud a finales del siglo XIX.
De acuerdo con la doctora Rebeca Martín, este “otro yo” se convierte en un personaje amenazante que desestabiliza la percepción de nuestra propia identidad, revelando miedos y deseos ocultos.