La ciencia moderna ha derribado el mito milenario de Aristóteles, revelando que nuestra percepción es mucho más vasta de lo que nos enseñaron en la escuela. Investigadores como Barry Smith, de la Universidad de Londres, sostienen que el inventario sensorial humano es una red compleja que podría integrar entre 22 y 33 sentidos distintos, permitiéndonos experimentar el mundo y nuestra propia existencia de una manera radicalmente profunda y unificada.
Dentro de este asombroso espectro sensorial se encuentran facultades como la propiocepción, que permite al cerebro ubicar cada extremidad en el espacio sin usar la vista, y el sistema vestibular, que garantiza nuestro equilibrio desde el oído interno. A estos se suma la interocepción, ese monitor interno que nos comunica el latido del corazón o la sensación de hambre, y sentidos de identidad como la agencia corporal, que nos otorga la certeza de que somos dueños de nuestros propios movimientos.
Incluso lo que antes considerábamos sentidos únicos son, en realidad, ensamblajes de múltiples percepciones. El tacto es un conjunto de receptores especializados en detectar el dolor, el picor o la temperatura por separado, mientras que el sabor es una coreografía multisensorial entre el gusto, el olfato retronasal y la textura. Esta revolución neurocientífica nos invita a contemplar el cuerpo humano no como un receptor pasivo, sino como una sofisticada maquinaria capaz de procesar decenas de dimensiones sensoriales simultáneamente.