En México, la Navidad no ocurre al mismo tiempo para todos
evangelio | 24 diciembre, 2025

Mientras algunas casas siguen encendidas desde la madrugada del 25, con restos de la cena y niños estrenando juguetes, en otras la fecha pasa sin ruptura clara con el resto del año. No hay sobremesa larga ni regalos envueltos. A veces no hay reunión. Solo un día más que empieza temprano.

 

La diferencia no es solo simbólica. Es de ritmo. En ciertos hogares, la Navidad termina de madrugada; en otros, comienza antes del amanecer. Hay quienes duermen hasta el mediodía y quienes se levantan a las cinco de la mañana para cumplir turno. El tiempo libre también es una forma de desigualdad.

 

En colonias populares de ciudades como Ecatepec, Acapulco, Uruapan o Morelia, la Navidad se vive con lo que hay. Para muchas familias, el 24 por la noche significa preparar algo sencillo arroz, frijoles, pollo compartido, y acostarse temprano porque el 25 toca trabajar. No es una excepción. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, más del 55 por ciento de la población ocupada en el país labora en la informalidad, sin aguinaldo, sin vacaciones pagadas y sin días festivos garantizados.

 

Para quienes venden en tianguis, limpian casas, manejan transporte público, trabajan como veladores o atienden servicios básicos, la Navidad no se suspende. Se adelanta, se reduce a unas horas o se pospone. A veces no ocurre. El calendario marca fiesta, pero la economía cotidiana no se detiene.

 

La desigualdad también llega a la mesa. Los estudios de gasto de los hogares muestran que el aumento del consumo decembrino se concentra en los deciles de mayores ingresos. En los más bajos, el gasto se mantiene estable o incluso se reduce para enfrentar enero. El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social ha documentado que más de 36 por ciento de la población vive en pobreza y millones enfrentan carencias alimentarias. Para esos hogares, diciembre no es un mes de exceso, sino de cálculo.

 

Hay, además, Navidades atravesadas por la ausencia. En comunidades con alta migración, la mesa queda incompleta. Hijos que no regresan, padres que trabajan en otro estado o país, abuelas que esperan llamadas desde Estados Unidos. En muchos pueblos del sur y del centro del país, la Navidad se vive más como espera que como reunión. El festejo ocurre por teléfono, en mensajes breves, en promesas de regreso.

 

Y en otras regiones, la fecha se vive con cautela. Los registros del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública muestran que diciembre no reduce la violencia letal. En varios años recientes, la última semana del mes ha concentrado repuntes de homicidios dolosos. En estados con presencia criminal activa, la nochebuena se acorta, las calles se vacían temprano y las reuniones se hacen puertas adentro. Celebrar también implica cuidarse.

 

Estos fenómenos no ocurren por separado. Se superponen. Informalidad, pobreza, migración y violencia conviven en la misma fecha, pero no afectan a todos por igual. Por eso, mientras algunas familias prolongan el 25 como día de descanso, otras lo atraviesan como jornada laboral, día de espera o noche de encierro.

 

Este 25 de diciembre, México despierta en condiciones distintas. Hay casas donde el día empieza tarde y otras donde comienza antes del amanecer. Hay mesas largas y lonches rápidos. Hay juguetes nuevos y silencios largos. Hay celebración y hay resistencia.

 

No es que unos tengan Navidad y otros no. Es que el país llega a la misma fecha desde lugares muy distintos. Y esa diferencia, visible incluso en un día simbólico, dice más sobre México que cualquier discurso festivo.

Comparte