Harfuch como señal de mando: el rostro que ordena la narrativa de seguridad hacia afuera
evangelio | 24 diciembre, 2025

En la conversación internacional, el nombre de Omar García Harfuch aparece como referencia cuando se habla de control operativo y conducción de la política de seguridad. No porque concentre todo el poder, sino porque concentra el mensaje. En un escenario donde durante años la estrategia fue difícil de explicar incluso para el propio Estado, la existencia de un perfil reconocible ordena la narrativa.

 

La lectura que hacen medios como The Economist y The New York Times va en esa dirección. No lo presentan como un político tradicional, sino como un operador técnico, con disciplina institucional y capacidad para coordinar fuerzas civiles y militares. Esa imagen resulta comprensible para audiencias externas que buscan señales de mando, continuidad y previsibilidad.

 

En México, donde la política de seguridad ha transitado durante décadas entre discursos, cambios de enfoque y resultados difíciles de sostener, la presencia de un rostro reconocible cumple una función específica. Reduce la ambigüedad. Permite asociar decisiones, datos y operativos a una cadena de mando identificable. No soluciona el problema de fondo, pero facilita su lectura.

 

Los reportes internacionales también registran mejoras puntuales. Descensos en homicidios, aumentos en detenciones, decomisos relevantes y destrucción de laboratorios aparecen como indicadores de un ajuste operativo respecto a etapas anteriores. El énfasis está en la capacidad de ejecución, no en promesas de pacificación total.

 

Ahí surge el contraste. Mientras algunos indicadores muestran avances, otros delitos que impactan directamente la vida cotidiana, como la extorsión o las desapariciones, no siguen la misma trayectoria. La reducción de homicidios no se traduce automáticamente en una sensación generalizada de seguridad. La violencia no desaparece, cambia de forma y de espacio.

 

Ese desfase explica por qué la percepción social no avanza al mismo ritmo que las cifras oficiales. Los resultados existen, pero todavía se leen como frágiles. No por falta de operativos, sino porque dependen de una continuidad que históricamente ha sido difícil de sostener en México.

 

La construcción de una imagen clara tiene efectos reales. Comunica control, transmite orden y gana tiempo político. En el ámbito internacional, eso cuenta. El problema aparece cuando la imagen empieza a cargar expectativas que solo pueden resolverse con transformaciones más profundas y sostenidas.

 

El riesgo no es mostrar un rostro, sino permitir que ese rostro sustituya la discusión de fondo. Cuando la política de seguridad se vuelve legible principalmente a través de quién la encabeza, la narrativa puede avanzar más rápido que los cambios estructurales.

 

Y en seguridad, esa distancia siempre termina pasando factura.

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