A un mes de iniciado el conflicto entre Irán y una coalición liderada por Estados Unidos e Israel, la República Islámica ha resistido de manera persistente, empleando tácticas asimétricas que han extendido el impacto del conflicto más allá de lo militar para influir en los mercados globales y la economía mundial en general.
Según análisis internacionales, Irán ha combinado acciones militares como ataques con misiles y drones con maniobras estratégicas sobre rutas clave de comercio energético, especialmente el Estrecho de Ormuz, paso por donde circula una proporción significativa del petróleo mundial. Este bloqueo parcial y la incertidumbre sobre el flujo de crudo han contribuido a la presión alcista sobre los precios del petróleo, lo que a su vez ha repercutido en mercados financieros, el costo de bienes energéticos y las cadenas de suministro globales.
La estrategia de resistencia que adopta Irán ha sido descrita por medios como más similar a la de una insurgencia que a una fuerza convencional, dado que, a pesar de enfrentarse a potencia militar superior, ha logrado mantener capacidad ofensiva significativa y presionar en sectores clave de la economía mundial sin ser derrotado.
Además de las acciones bélicas directas, la persistente tensión en el Golfo Pérsico ha generado un entorno de volatilidad en los mercados energéticos, con alzas sostenidas en los precios del crudo Brent y del petróleo WTI, así como un aumento en la prima de riesgo geopolítico que enfrentan mercados emergentes y economías altamente dependientes de combustibles fósiles.
A pesar de los intensos ataques y las declaraciones de altos mandos militares estadounidenses buscando reducir la capacidad ofensiva iraní, expertos consultados por medios internacionales sostienen que Irán ha logrado conservar parte de su arsenal y capacidad de disuasión, manteniendo equilibrio entre ofensiva y supervivencia militar prolongada.
El impacto de estas dinámicas ha trascendido el conflicto regional y se ha reflejado en aumento de precios de productos energéticos y presiones inflacionarias globales, así como mayor incertidumbre en los mercados financieros internacionales, que ajustan expectativas ante el riesgo de prolongación del conflicto y sus efectos en la oferta de crudo y gas.