En medio de la crisis climática global, un proyecto de restauración ecológica en Ecuador comienza a devolverle vida a una de las regiones más golpeadas por la deforestación. Más de 2,300 hectáreas de la Amazonia ecuatoriana están siendo reforestadas con especies nativas como cedros, palmeras, guayacanes y caobas, en un esfuerzo que combina ciencia, participación comunitaria y conocimiento ancestral.
El programa, impulsado por el Ministerio del Ambiente, Agua y Transición Ecológica junto con organizaciones locales e internacionales, busca revertir los daños provocados por décadas de tala indiscriminada, ganadería extensiva y minería ilegal. Las acciones se concentran en las provincias de Napo, Pastaza y Morona Santiago, donde la pérdida de cobertura forestal alcanzó niveles críticos durante los últimos veinte años.
La estrategia no se limita a la siembra masiva de árboles. Los responsables del proyecto insisten en que el objetivo es restaurar ecosistemas completos, permitiendo el regreso de especies de fauna y la recuperación de suelos degradados. Para ello, se han instalado viveros comunitarios, sistemas de monitoreo satelital y brigadas locales que capacitan a los pobladores en técnicas de regeneración natural asistida.
Las comunidades indígenas kichwas y shuar participan activamente en las labores de reforestación, definiendo las zonas de intervención y las especies a plantar. “La selva no se repone con prisa, se cuida como se cuida a una persona enferma”, expresó uno de los líderes comunitarios durante una jornada de trabajo en la ribera del río Pastaza. El enfoque intercultural del programa ha sido reconocido por organismos internacionales como un modelo de restauración sostenible.
Según datos oficiales, el avance del proyecto ya permite observar resultados tangibles: más del 60 % de las áreas intervenidas muestra signos de regeneración vegetal y aumento en la humedad del suelo, además del retorno de insectos polinizadores y aves que habían desaparecido.
La Amazonia ecuatoriana forma parte de un corredor biológico que abarca nueve países y representa cerca del 40 % de la selva tropical del planeta. Cada hectárea recuperada es, en este contexto, una contribución simbólica pero significativa frente a un fenómeno global que amenaza con alterar los ciclos climáticos y la biodiversidad del continente.
El desafío no termina con la reforestación. Los especialistas advierten que el mantenimiento de las zonas restauradas durante los próximos cinco años será clave para garantizar la supervivencia de los árboles jóvenes y evitar que la presión económica devuelva el territorio a la tala o la ganadería.
En un tiempo donde los informes ambientales suelen traer malas noticias, Ecuador ofrece una historia diferente: la de una selva que, aunque herida, empieza a respirar de nuevo.