La noche del lunes, la indignación ciudadana se transformó en fuego. Lo que comenzó como una protesta para exigir justicia por el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo Rodríguez, terminó en un estallido de furia frente al Palacio Municipal de Apatzingán, que fue tomado, vandalizado e incendiado por manifestantes enfurecidos.
Pasadas las 7:00 de la noche, decenas de personas comenzaron a reunirse en la plaza principal. Portaban pancartas, veladoras y gritos que retumbaban contra la fachada del ayuntamiento: “¡Justicia para Manzo!”, “¡Fuera Fanny!”. Las consignas apuntaban contra la presidenta municipal, Fanny Arreola Pichardo, a quien acusaron de indiferencia y de representar un gobierno local ausente ante la violencia que azota la región.
Minutos después, la multitud rompió el cerco de seguridad y forzó la entrada principal del edificio. Dentro, los manifestantes destrozaron mobiliario, arrojaron documentos por las ventanas y prendieron fuego a las oficinas. El humo se extendió rápidamente por los pasillos del palacio, mientras afuera la gente gritaba entre rabia y desconcierto.
El incendio consumió parte del primer y segundo piso. Bomberos y elementos de la Guardia Civil llegaron cuando el fuego ya había ganado terreno. Las llamas iluminaron la plaza como una metáfora brutal del hartazgo en la Tierra Caliente, donde el miedo y la impunidad se han vuelto rutina.
Durante más de una hora, la sede del gobierno local ardió sin control. No hubo detenidos confirmados, y hasta esta mañana las autoridades municipales no habían emitido un informe oficial sobre los daños ni sobre el número de lesionados.
El suceso ocurre en medio de una ola de protestas que se ha extendido por el estado tras el asesinato de Carlos Manzo, un hecho que destapó el cansancio social frente a un panorama de violencia sin respuestas. En Apatzingán, la furia se tradujo en destrucción: no como una defensa del crimen, sino como una expresión desesperada ante la ausencia de autoridad.
Hoy, el Palacio Municipal amaneció ennegrecido, con sus muros cubiertos de hollín y vidrios rotos. Entre los escombros, un mensaje pintado con aerosol resume el sentimiento de la noche anterior:
“Aquí empezó la rabia.”