Esta tradición de la quema no solo busca destruir lo negativo, sino que también sirve como una forma de catarsis colectiva y sátira social. En ciudades como La Plata, Argentina, la elaboración de estos muñecos gigantes se convierte en un evento comunitario que dura semanas, culminando en un espectáculo de fuego y pirotecnia que ilumina las primeras horas del 1 de enero. Así, entre llamas que consumen figuras de cartón y lentejas que llenan los bolsillos, Latinoamérica despide el 2025 bajo un manto de sincretismo donde la fe en el azar se mezcla con la esperanza de un futuro mejor.
Más allá de estas seis cábalas principales, existen otros ritos locales que añaden color a la festividad. En el Caribe, por ejemplo, es común lanzar un cubo de agua desde la ventana hacia la calle para “limpiar” la casa de las malas vibras acumuladas durante el año. En Uruguay y Paraguay, el “baldeazo” cumple la misma función purificadora. Por otro lado, en regiones andinas, algunos acostumbran a bañarse con hierbas amargas antes de la medianoche para remover la negatividad y con hierbas dulces justo después de las doce para atraer la fortuna.
Estas prácticas, aunque pueden parecer irracionales para la mirada ajena, constituyen el tejido cultural que une a la región en una misma intención: el deseo de controlar lo incierto. Ya sea corriendo con una maleta por la cuadra o colocando una llave en el zapato para manifestar una nueva vivienda, los latinoamericanos transforman la medianoche en un escenario de acción y esperanza. El 2026 inicia así, no solo con el cambio de calendario, sino con millones de personas realizando pequeños actos de fe para asegurar que los próximos 365 días sean mejores que los anteriores.