Como cada 15 días, Obituary salta al ring con una playera blanca que lleva impresa la leyenda “Anarquía total”, le muestra la lengua al público a lo Kiss, hace la clásica insignia del rock and roll y vocifera que los rudos siguen dominando al mundo. Pero detrás de los tatuajes y la bravuconería que caracterizan al personaje, hay dolor.
Con 51 años de vida y 30 dedicados al bajo mundo de la lucha libre, admite que las secuelas físicas han aparecido para comenzar a cobrar su respectiva factura. Los aficionados no lo saben, pero al interior de los vestidores, existe todo un ritual que conlleva el uso de pomadas, rodilleras ortopédicas, fajas y analgésicos que aminoran el sufrimiento.

—Este deporte es muy bonito, pero físicamente te desgasta mucho. ¿Por qué? Porque es recibir golpe tras golpe, y a veces, aunque estés lesionado, decides no parar por el hecho de que tienes funciones cerca y es un dinerito que no puedes dejar ir—, explica Obituary a Evangelio.
Fuera de la euforia y la espontaneidad que te atrapa en un dojo, el veterano luchador michoacano admite que los profesionales del cuadrilátero suelen ser desidiosos y se niegan a escuchar a su propio cuerpo.
—Cuando hay dolor, ¿qué es lo que haces? Pues una pomadita, una pastilla, una sobada y a seguirle. Pero no te curas al cien por ciento, entonces en el futuro esos malestares salen porque salen.
Si se trata de enlistar las lesiones que ha padecido a lo largo de su carrera, Obituary se toma su tiempo para intentar recordarlas todas: dislocación del tobillo, fractura en los dedos, afectación en la clavícula, problemas lumbares, fisuras en el rostro e incontables golpes por todo el cuerpo.
Más allá del dolor que implicó en su momento, refiere que ha aprendido a vivir y a adaptarse a las secuelas, las cuales van desde un tobillo que tomó forma de escuadra, un hombro disparejo y hasta una especie de pozo en la parte superior del pómulo.
En sus mejores años, el rudo luchador solía volar desde las cuatro cuerdas, aplicar mortales y terminar abatido en las primeras filas del público. Pero a tres décadas de haberse introducido en el pancracio, comparte que el reservarse se ha convertido en su mejor defensa para alargar su carrera deportiva.
—Trato de no brincar hacia afuera porque son golpes que van directamente a la cadera y las rodillas. Yo me doy cuenta de que ya no es lo mismo al estar compitiendo con los muchachos que vienen ahora; son luchadores de 19, 20, 21 años que traen todo, pero a nosotros lo que nos hace fuertes es el colmillo y la experiencia.
Un buffet de sufrimiento
Durante la función que se realiza en un dojo que se ubica al norte de Morelia, Vicente Ambriz Estrada ocupa uno de los asientos de primera fila. Entre las acrobacias y las múltiples llaves, se muestra como uno de los aficionados más entusiastas y, si considera que la situación lo amerita, no duda en exclamar el clásico grito de guerra: “¡Esto es lucha!”.
A diferencia del resto del público que se marcha satisfecho luego de casi tres horas de entretenimiento forjado a base de “pierrotazos”, él deja su papel de seguidor sólo para asumir un rol todavía más importante: el de médico de cabecera de los luchadores.
Con un diplomado en Urgencias Médicas y Lesiones Deportivas, el acercamiento del doctor Vicente con el roster de la empresa Strong Classic Wrestling (SCW) se generó por medio de su hijo, quien forma parte de la plantilla de alumnos que toman clases dentro del dojo.
A partir de ahí, semana a semana se ha encontrado con un buffet de lesiones que abarcan gran parte del esqueleto humano: rodillas, menisco, ligamento colateral, codos, cuello, hombros, espalda, malestares cutáneos, excoriaciones en la piel y contusiones en la cabeza.
—Si el luchador lleva sus entrenamientos de manera adecuada, de forma disciplinada, cuidando su alimentación, alejándose de los malos hábitos y siempre se preocupa por hacer un buen calentamiento, puede llegar a una edad avanzada luchando sin presentar secuelas.
Sin embargo, como no todo en la lucha libre es un guion, señala que un movimiento accidental puede generar afectaciones severas, sobre todo en espalda y rodillas, en tanto que las contusiones cerebrales repetidas son la antesala de afectaciones neurológicas a largo plazo.
—El edema cerebral no es otra cosa que la hinchazón del cerebro, y recordemos que esta parte del organismo es una caja de huesos cerrada, no tiene hacia donde expandirse, por lo tanto, cuando se hincha existe la posibilidad de que se presente un desplazamiento del tejido cerebral, lo que en casos graves, puede derivar en la muerte.
En el plano más optimista, el doctor puntualiza que, tras años de golpes en la cabeza, las secuelas menores pueden presentarse a través de movimientos anormales en las extremidades, la pérdida de fuerza o movilidad en alguna parte específica del cuerpo, falta de control muscular y alteraciones en la conducta.
Dentro de la gama de este deporte, indica que es en la lucha extrema donde existe un mayor riesgo de que sus protagonistas padezcan alguna afectación neurológica, dado que los golpes en el cerebro son directos y constantes.
Te puede interesar: Regalan noche histórica de lucha libre en el Salón Arena
Una dosis de locura
Es lunes y Alocer ha decidido no ir a trabajar; los golpes recibidos durante el fin de semana se lo impiden. Pero no hay por qué alarmarse. El luchador extremo oriundo de Zacapu conoce a la perfección el protocolo a seguir: una inyección de antiinflamatorios y estará listo para la función del próximo domingo.
Con 16 años de trayectoria en la lucha libre, calcula que tan sólo en la cabeza debe coleccionar unas cuarenta cicatrices que han sido cortesía de diferentes objetos como sillas, lámparas, botellas, alambre de púas, tablas, palillos de madera y todo lo que la imaginación luchística permita.
—Para hacer lucha extrema sí se tiene que estar un poquito loco, pero más allá de eso, mínimo te debe atraer el pinche dolor—, explica un Alocer que deja en claro que el riesgo médico no lo acongoja bajo ninguna forma.
Paradójicamente, relata que la única hinchazón cerebral que ha padecido se dio fuera del ring, cuando sufrió un accidente hogareño con una pared de por medio, lo que le provocó un mes y medio lleno de confusiones y vagos recuerdos.
Aunque se dice consciente de que las secuelas neurológicas pueden estar dentro de su futuro, evade ser políticamente correcto y, al igual que muchos de sus compañeros de profesión, reconoce que es algo que no le preocupa ni tampoco se detiene a pensar en ello.
Por el contrario, el michoacano celebra la última función que tuvo ante su público. —Fue una lucha extrema con andamios, entonces nos dimos en la madre en esa chingadera. Estuvo chida, la neta—, expresa con una risilla idílica.
Personaje vs. Persona
Arhgo lo tiene claro: sin su familia no hubiera logrado alargar su carrera. Suma 34 años como luchador y aunque admite que por momentos ya ha contemplado el retiro, asegura que un ritmo de vida equilibrado es el que le ha permitido mantenerse con un buen nivel arriba del ring.
Una distensión de ligamento y dos conmociones son las lesiones más graves que ha registrado en todo este tiempo, pero pese a ello, afirma que a sus 50 años sigue siendo capaz de ofrecer un espectáculo digno.
—Es muy importante el estilo de vida que lleves, tu ritmo. Yo en lo particular no tomo, no soy de los que cada ocho días se embriaga y eso cuenta mucho. En mi familia somos muy unidos, siempre los llevo a la arena porque son prioridad y todo eso abona en tu disciplina como luchador.
Casos como el de Shocker, que se vio inmerso en problemas de adicciones, o el de Abismo Negro, que terminó por suicidarse por la misma causa, para Arhgo no son una casualidad, sino más bien la consecuencia de no saber separar al personaje de la persona.
—Las estrellas comienzan a ganar dinero, se vuelven el centro de atracción, todos los buscan y es ahí donde comienzan los excesos, cuando van a las fiestas y se hacen de camaradas que les regalan una botella o a veces otras cosas.
Arhgo dice sentirse bien físicamente, pero advierte que se ha fijado un plazo máximo de cinco años para decirle adiós a la lucha libre profesional. Argumenta que le ha costado trabajo hacerse de un nombre, y por eso mismo quiere despedirse mostrando un nivel aceptable y no dando penas.
—¿Por qué a los veteranos les cuesta tanto retirarse pese a las dolencias y secuelas que ya padecen? —, se le cuestiona.
El experimentado luchador divide su respuesta en partes. Por un lado, señala que el aspecto económico juega un papel importante, pero en el caso de las grandes estrellas, reflexiona que existe una necesidad de seguir viviendo rodeado del cariño del público.
—Respecto a los que somos luchadores locales, no ganamos lo que gana una estrella, pero aquí lo que predomina es el amor al arte, el no quererte desafanar de la lucha libre.
Su contemporáneo, Obituary, coincide y complementa que el luchador es necio por naturaleza, se aferra a un deporte que forma parte de su vida, lo que termina por nublarle la mente, siendo esto un impedimento para darse cuenta de que su cuerpo cada vez es más intolerable al dolor.
Añade que los gritos, las giras, el apoyo de los aficionados y la obsesión por seguir siendo esa estrella que alguna vez fuiste, son los elementos a los que al luchador le cuesta decir adiós. Es en ese momento, cuando el egocentrismo se convierte en el último rival a vencer.