En China, el lujo también ladra.
Un ejemplar de mastín tibetano fue vendido por un millón de dólares durante la Feria de Mascotas de Lujo celebrada en la provincia de Zhejiang, al este del país. El perro, de pelaje dorado y gran tamaño, pertenece a una de las razas más antiguas del mundo y símbolo histórico de estatus entre las élites chinas.
El comprador, un empresario del sector inmobiliario, aseguró que el animal tiene un linaje “puro” y características excepcionales que justifican su valor. Según reportes de medios locales, el can mide más de 80 centímetros de altura y pesa alrededor de 90 kilogramos, con una melena espesa que ha sido comparada con la de un león.
El mastín tibetano ha sido considerado durante siglos como guardián de templos y rebaños en el Himalaya, donde se le atribuían cualidades casi míticas de protección. En los últimos años, sin embargo, la raza se ha convertido en un objeto de lujo entre coleccionistas y criadores adinerados, particularmente en las ciudades del este de China.
Su precio ha variado drásticamente en la última década: en 2014, un ejemplar llegó a venderse por 1.9 millones de dólares, mientras que el mercado cayó posteriormente por la sobrecría y la pérdida de interés. La venta reciente reaviva ese debate sobre el límite entre la afición y la ostentación.
Críticos del mercado de mascotas de lujo advierten que la comercialización de animales como símbolo de estatus alimenta prácticas poco éticas y promueve un trato desigual hacia otras especies. En contraste, criadores y organizadores de la feria defienden la transacción como una muestra del renacimiento de la cultura canina tradicional china.
Más allá del precio, el caso vuelve a poner sobre la mesa una pregunta cultural: en un país donde millones de personas luchan por adquirir vivienda o educación, ¿qué representa realmente pagar un millón de dólares por un perro?