Las inundaciones en Bahía Blanca (Argentina), que derivaron en tres días de duelo nacional tras la catástrofe del 7 de marzo, se suman al desastre que sumergió 478 ciudades en Brasil entre abril y mayo de 2024, y la trágica DANA en la Comunidad Valenciana (España) en octubre pasado, pero son sólo la punta del iceberg.
Sequías, incendios forestales y huracanes completan un panorama cada vez más preocupante.
¿Está todo esto ligado al cambio climático impulsado por la actividad humana.
El informe del IPCC (Cambio Climático 2021), señala que “el cambio climático ya está alterando la localización, frecuencia y gravedad de las inundaciones”.
El aumento del nivel del mar, las precipitaciones más intensas y prolongadas, y la deforestación, todos factores exacerbados por el cambio climático, se combinan para crear un cóctel explosivo.
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Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el aire más cálido retiene más humedad, lo que se traduce en lluvias torrenciales.
Además, la deforestación altera la capacidad del suelo para absorber agua, contribuyendo a desbordamientos rápidos.
Si bien el panorama varía regionalmente, el IPCC advierte que, incluso considerando múltiples factores, “cuando los patrones meteorológicos provoquen inundaciones en un futuro más cálido, estas serán más graves”.
Ante este escenario, el PNUMA hace un llamado a gobiernos, empresas y ciudadanos a prepararse para un futuro de eventos climáticos extremos.
La clave, según el organismo internacional, reside en la reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero y la implementación de soluciones basadas en la naturaleza, como la reforestación y la restauración del suelo.
La ciencia del clima debe guiar la construcción, adaptación y protección de hogares, comunidades e infraestructuras para enfrentar un futuro que, sin acciones urgentes, podría verse inundado.