Terraplanismo: la teoría desacreditada que volvió a circular en la era digital
evangelio | 8 marzo, 2026

Durante más de dos mil años, la ciencia ha demostrado que la Tierra es un planeta esférico. La astronomía, la navegación, la física y las mediciones geodésicas han confirmado su forma con una cantidad abrumadora de evidencia. Sin embargo, en los últimos años ha resurgido con fuerza una corriente que sostiene lo contrario: el terraplanismo, una teoría desacreditada que afirma que el planeta es un disco plano y que la ciencia moderna oculta deliberadamente esa realidad.

Aunque hoy se asocia principalmente con internet, el terraplanismo moderno tiene antecedentes en el siglo XIX. Uno de los primeros promotores fue Samuel Rowbotham, un escritor inglés que en 1849 realizó un experimento en el canal Bedford, en Inglaterra, para intentar demostrar que la superficie terrestre no presentaba curvatura. A partir de esa experiencia publicó el libro Zetetic Astronomy: Earth Not a Globe, donde argumentaba que la Tierra era un plano con el Polo Norte en el centro y un “muro de hielo” en sus bordes, idea que posteriormente sería incorporada por los terraplanistas contemporáneos.

Las ideas de Rowbotham dieron origen a la Zetetic Society, uno de los primeros grupos organizados que promovieron el terraplanismo. A finales del siglo XIX y principios del XX surgieron pequeñas organizaciones similares en Reino Unido y Estados Unidos, aunque el movimiento permaneció marginal durante décadas.

El fenómeno resurgió con fuerza en la segunda mitad del siglo XX con la creación de la Flat Earth Society, una organización fundada por el británico Samuel Shenton en la década de 1950. Tras su muerte, el liderazgo fue asumido por Charles K. Johnson, quien durante años distribuyó boletines y literatura en los que afirmaba que agencias espaciales como la NASA fabricaban imágenes del planeta para sostener una “conspiración global”.

Con la llegada de internet, el movimiento encontró un nuevo terreno de expansión. En la década de 2010 comenzaron a aparecer comunidades en línea, canales de video y congresos dedicados al terraplanismo. Algunos de los promotores más visibles de estas ideas han sido figuras como Mark Sargent, autor de la serie de videos Flat Earth Clues, y Patricia Steere, quien organizó varias conferencias internacionales sobre el tema en Estados Unidos.

Los argumentos del terraplanismo suelen seguir una narrativa similar. Entre los más repetidos se encuentran la afirmación de que el horizonte siempre se observa “plano”, que los vuelos comerciales no seguirían rutas compatibles con un planeta esférico o que las fotografías de la Tierra tomadas desde el espacio serían montajes. También sostienen que la Antártida sería en realidad un muro de hielo que rodea el planeta y que los gobiernos del mundo impedirían el acceso a sus bordes para ocultar esa supuesta estructura.

Sin embargo, todos esos planteamientos han sido refutados ampliamente por la ciencia. La curvatura terrestre puede medirse con instrumentos relativamente simples, desde observaciones del horizonte hasta experimentos con láser y mediciones geodésicas. La existencia de satélites artificiales, sistemas de posicionamiento global como el GPS y las misiones espaciales que orbitan la Tierra dependen precisamente de cálculos basados en un planeta esférico.

Además, fenómenos cotidianos como los husos horarios, las estaciones del año o las rutas de navegación aérea solo pueden explicarse con precisión mediante un modelo planetario esférico que rota sobre su eje y orbita alrededor del Sol.

Para la comunidad científica, el terraplanismo no representa un debate legítimo sobre la forma del planeta, sino un ejemplo de cómo las teorías conspirativas pueden ganar visibilidad en entornos digitales. Diversos estudios en psicología social han señalado que muchas personas que se acercan a estas ideas lo hacen a partir de una desconfianza más amplia hacia instituciones, gobiernos o expertos, más que por un cuestionamiento científico del conocimiento establecido.

Así, el resurgimiento del terraplanismo en el siglo XXI no refleja un descubrimiento que contradiga siglos de investigación, sino el eco contemporáneo de una teoría desacreditada que, pese a la evidencia acumulada por la ciencia moderna, sigue encontrando audiencia en ciertos círculos de internet.

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