Más de 38 mil víctimas después, la discusión en México dejó de ser sobre el punto de partida y se desplazó hacia algo más incómodo: cuánto puede bajar la curva sin que eso signifique, en realidad, una transformación de fondo.
evangelio | 4 abril, 2026

En los primeros meses del sexenio, el país acumula más de 38 mil 240 víctimas de homicidio doloso. El dato proviene de cortes diarios construidos con registros oficiales y sirve para dimensionar el ritmo de la violencia, no como cifra definitiva. Es una aproximación que marca tendencia, pero que siempre queda sujeta a la validación jurídica posterior de las fiscalías. Aun con esa reserva, el volumen es suficiente para delinear el escenario.

El gobierno federal ha sostenido que existe una reducción relevante en el promedio diario de homicidios respecto al arranque de la administración. Los registros oficiales muestran una caída en la tasa diaria durante los últimos meses, un comportamiento que, en términos estadísticos, implica un cambio de trayectoria. La violencia ya no crece al mismo ritmo que antes.

Pero una reducción no equivale a una solución. México no dejó de ser un país donde se mata todos los días. Lo que cambió, en todo caso, es la velocidad.

Ahí es donde la cifra acumulada cobra sentido. Porque mientras el promedio puede bajar, el volumen total sigue contando historias que no desaparecen con un ajuste en la gráfica. Cada punto porcentual de reducción convive con decenas de víctimas diarias que siguen ocurriendo en distintas regiones del país, con concentraciones persistentes en entidades como Guanajuato, Estado de México, Chihuahua, Baja California y Jalisco.

Además, el homicidio doloso no agota la dimensión de la violencia. Estudios académicos sobre seguridad han insistido en que limitar la lectura a ese delito deja fuera otros fenómenos que también reflejan letalidad, como las desapariciones o ciertos tipos de violencia contra mujeres. En la última década, la violencia letal en su conjunto ha mostrado incrementos significativos, incluso en contextos donde el homicidio presenta variaciones a la baja.

El dato también cambia dependiendo de cómo se mida. Las estadísticas del INEGI, que parten de certificados de defunción, suelen arrojar cifras distintas a las del registro ministerial mensual. No es una contradicción, es una diferencia metodológica. Pero esa brecha es, en sí misma, un recordatorio de que el país no tiene una sola forma de contar a sus muertos.

La discusión de fondo no está en si 38 mil es más o menos que antes. Está en lo que esa cifra representa cuando se vuelve parte del lenguaje cotidiano. Cuando el descenso del promedio se convierte en argumento político y el acumulado deja de generar impacto, el riesgo no es solo estadístico. Es cultural.

Porque un país que aprende a leer la violencia en términos de reducción porcentual puede terminar perdiendo de vista el tamaño real del problema.

México puede estar matando menos que hace un año. Pero sigue matando demasiado. Y mientras esa siga siendo una afirmación válida, cualquier narrativa de mejora tendrá que sostenerse frente a una realidad que no desaparece con la caída de una línea en la gráfica.

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